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Hecatombe

El sacrificio de un ciervo sagrado
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Hecatombe
Crítica de El sacrificio de un ciervo sagrado

Daniel Pamies Por Daniel Pamies el 01/12/2017 8

Cuando el cuerpo de Marion Crane caía inerte en la ducha de ‘Psicosis’ (‘Psycho’, 1960), la cámara seguía el fluir del agua y la sangre hasta desembocar en el desagüe. A través de un fundido tan genuino como perverso, reforzado por el movimiento circular de la cámara, Hitchcock conectaba el oscuro agujerito con el inexpresivo ojo de la víctima. La relación que se establecía entre ambos planos era tan terrorífica como elocuente: el fluir de la vida que -literalmente- se perdía por el sumidero, el movimiento cíclico que invocaba la idea del eterno retorno de ese asesino probablemente reincidente y la muerte, que irrumpía en el relato para resetearlo.

De alguna manera, esa relación ojo/desagüe que abría la puerta a la emergencia del trauma y el horror en la película de Hitchcock, encuentra su réplica justo en las primeras imágenes de ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’. En un insoportable plano cenital, un órgano late dentro de un cuerpo abierto. Muy lentamente, la cámara –y con ella, la vida– se va alejando a través de un travelling en retroceso, revelando el quirófano en el que se encuentra. En la siguiente imagen, de idéntica composición, un cubo contiene el órgano antes presentado, ahora muerto. La vida que en ‘Psicosis’ se filtraba por el desagüe termina aquí, en la basura de un teatro de operaciones que se convierte en la zona cero de la tragedia griega desplegada por el director Yorgos Lanthimos.

Una vez más, la muerte se instaura como punto de partida de un relato que transcurre en el espacio entre dos cantos fúnebres. Todo el viaje de uno al otro es un tour de force por melodías atonales, un martirizante descenso a los infiernos en el que –tan a la manera de la gran tragedia griega– el orden dinamitado por la muerte solo puede ser repuesto con otro sacrificio. Igual que en ‘Canino’ (‘Kynodontas’, 2009), un agente desestabilizador invade el seno familiar con consecuencias devastadoras. Como un virus, como un Cuerpo sin Órganos en el sentido de Deleuze, el enigmático Martin (Barry Keoghan) va introduciéndose en la familia Murphy, encarnando el espíritu de la tragedia, del drama, que irrumpe implacable en el mundo distante, aséptico y quirúrgico de la medicina, donde los personajes declaman, se mueven como autómatas y se expresan de manera horizontal, tan a la manera de las producciones de Lanthimos. El distanciamiento de la puesta en escena redobla esa sensación en la que lo conocido se torna extraño, ese efecto contradictorio que, según Freud, daba lugar a lo siniestro y producía la angustia. “La primera vez que leí el guion de la película sentí nauseas”, confesaba en una entrevista promocional Colin Farrell, que da vida al cirujano protagonista, Steven Murphy, y que también protagonizó la anterior película de Lanthimos, ‘Lagonsta’ (‘The Lobster’, 2015).

Después de aquella película, que suponía el salto de Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou (guionista habitual) al mercado internacional, podía llegar a parecer que el discurso de esta nueva ola griega tan difícilmente clasificable se estaba domesticando. Nada más lejos de la realidad. El reparto de ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ también habla inglés y puede servir como reclamo comercial, pero la película respira un fuerte espíritu griego y tiene la impronta de una autoría incuestionable. La palabra griega “hecatombe”, que da título a una de las composiciones de la esquizofrénica banda sonora, hacía referencia al sacrificio de cien reses pero fue evolucionando hasta convertirse en un concepto reservado a las peores catástrofes. El sentimiento religioso y el profano conviven en la película de Lanthimos, que se adentra en lo más oscuro del alma, allá donde la ciencia no llega. Sin duda, se trata del drama más terrorífico del año. ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ es sencillamente perturbadora. Una tragedia griega a la altura del Edipo de Sófocles, que desafía la visión hasta los límites de lo insoportable.

Qué pensaría Truffaut, responsable de recopilar una serie de textos de Bazin bajo el título de “cine de la crueldad: de Buñuel a Hitchcock”, de un film que haría palidecer al Haneke más perverso.

Lo mejor: La tragedia griega vuelve como una bofetada.

Lo peor: La dificultad para encajar el golpe.

Valoración: 
8