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El salto al agua

Kékszakállú
Director: 
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El salto al agua
Crítica de Kékszakállú

Alberto Richart Por Alberto Richart el 05/12/2017 5

El mundo gira y a nosotros, los mortales, solo nos queda contemplarlo. La distancia desde la cual el director Gastón Solnicki filma a sus personajes nos recuerda que no podemos estar en todas partes donde quisiéramos. Pero a veces, y solo a veces, tenemos la oportunidad de compartir con alguien un momento, un espacio o una conversación más íntima.

Su nueva película parte – que no se basa – de la ópera del compositor húngaro Béla Bartók, “El castillo de Barbazul”, la cual, al igual que la película de Solnicki, duraba poco más de una hora. En él, una enamorada Judith es llevada al castillo de Barbazul, donde irá descubriendo los secretos de su amante según vaya abriendo las puertas de sus estancias. Si el trabajo del compositor ya era considerado en su momento como un salto al vacío al presentar ciertas novedades formales a su público, “Kékszakállú” trata de trabajar el mismo efecto aunque su temática no refleje la misma historia. De todo el cuerpo de su inspiración, Solnicki parece haberse quedado con el esqueleto para reconstruir una nueva visión de la cotidianeidad y la condición humana.

Con todo, se trata de una ficción con tintes documentales que narra con sigilo y paciencia diferentes actos de la vida de un joven reparto coral, especialmente centrado en las mujeres: esa mirada de Judith hacia la sociedad patriarcal en la que Barbazul ha asentado sus normas. El castillo, espacio lleno de sentido, vuelve a cobrar vida ante los ojos del espectador.

Desprovisto de guion, intenciones y casi de dirección actoral, por mucho que lo niegue su director, la película parte de un método más experimental que ficticia, pues pide del espectador una comprensión lectora que vaya más allá de lo comúnmente esperado. No le ha salido mal la jugada: desde su rodaje en Uruguay hasta el Festival de Venecia de 2016, este retrato sobre el crecimiento y los temores, los sentimientos y las sensaciones, ha viajado lejos para la poca organización que planteaba.

Algo que sí estaba muy estudiado, sin embargo, es la dirección fotográfica. Cada plano, de una belleza terrenal, prescinde también de luz artificial como si de un dictamen del Dogma de Von Trier se tratase – cuya “Melancolía” (2011), por cierto, remanece en los momentos de cuidada fotografía y banda sonora orquestada. Su breve metraje devuelve imágenes de espacios-personaje como fábricas, piscinas y universidades, casi tan importantes como las personas que los transitan. Y entre todo este despropósito literal, un hilo argumental parece esconderse entre los silencios: el cambio generacional, el miedo a lanzarse al vacío, las presiones sociales, laborales y sentimentales que, al fin y al cabo, no son más que habitaciones de un mismo castillo que vamos descubriendo poco a poco.

Al fin y al cabo,“Kékszakállú” es, ejecutada de mejor o peor manera, poesía visual. Y a la poesía no se le puede exigir explicaciones. Por mucho que el público pueda llegar a exasperarse, es consciente de que bajo toda la puesta en escena hay un objetivo claro: el tratamiento de un estado de convivencia social que pasa del hastío veraniego de los niños al movimiento autómata de una procesadora de salchichas. El paso del tiempo que demarca la preocupación por echarse crema solar o elegir una carrera universitaria. La congoja por saltar a la piscina y por salir de ella después.

Valoración: 
5