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Reconstruyendo a Christian

Ser abandonado por el amor de tu vida es siempre doloroso, pero si además lo hace para seguir una apoteósica carrera profesional junto al futbolista argentino estrella de del momento, la situación se torna del todo inaguantable. Y esto es precisamente lo que le ocurre a Christian (Anders W. Berthelsen), un danés experto en vinos sumido en una profunda depresión tras la marcha de su esposa Anna (Paprika Steen) a tierras argentinas, persiguiendo su sueño de triunfar como representante de futbolistas. Pero un día, el maltrecho Christian despierta de su pesadilla particular y decide hacer las Américas para recuperar a su amada, en compañía de su hijo adolescente Oscar como fiel escudero. Lo que este valiente danés no sabe es que sus días en Argentina revolucionarán su vida, cambiándola para siempre.

Tras el éxito cosechado con el thriller bélico Flame y Citron (2008), la producción danesa más cara de la historia, el cineasta Ole Christian Madsen prueba ahora suerte con la comedia en Noche de Vino y Copas, una oda al amor perdido y al amor imperturbable, contada en clave humorística. Ambientada en la bella Buenos Aires, la cinta seleccionada por Dinamarca como candidata a los premios Oscar, nos sorprende con pasajes de profundo dolor alternados con desternillantes episodios, fruto del choque cultural entre los valores del protagonista y la sociedad argentina. De hecho, prácticamente desde su comienzo, este film es una concatenación de secuencias hilarantes en las que el intrépido vikingo pone en jaque su dignidad y su hombría tratando de recuperar a su amada.

La película es en sí misma un viaje interior en el que Christian se va redescubriendo de nuevo, siempre ayudado de mucho vino y de singulares personajes argentinos que van apareciendo en el camino y que como él, han experimentado en propia piel la pérdida del amor. Además, Noche de Copas y Vino es una bonita postal de Buenos Aires, en la que no faltan los lugares más emblemáticos de la ciudad ni el fútbol ni el tango.

En alguna ocasión, el largometraje redunda en exceso en el absurdo, como es el caso en que Christian decide retar al mito vivo del fútbol y pareja de su esposa, Juan Díaz, a una tanda de penaltis. Sin embargo, todas las piezas parecen encajar finalmente en este complejo puzle que forjará a un nuevo Christian.

Noche de Vino y Copas es por tanto, una esperanzadora bocanada de aire fresco tras una dura incursión por el purgatorio del desamor, envuelta en risas y numerosas copas, que acompañará al espectador una vez cerrado el telón.

Lo mejor: un protagonista en constante evolución con el que el público empatizará de principio a fin, y unos personajes secundarios argentinos tan espléndidos como complejos, capaces de mostrar su inmensidad en tan sólo unos fotogramas.<

Lo peor: Contados episodios que buscan la risa fácil de un modo un tanto excesivo.

Nota: 8 

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Un verano de ardiente amor

El controvertido cineasta galo Philippe Garrel vuelve a la carga en la gran pantalla con un nuevo film sobre el amor como modo de vida y la imposibilidad de sobrevivirle cuando este zarpa. Frederic (Louis Garrel), un frustrado pintor francés siente un amor incondicional hacia su esposa Angèle (Mónica Bellucci), una actriz de cine en ascensión. Pero su matrimonio navega a la deriva cuando Paul (Jerôme Robart) y Elisabeth (Céline Sallette), una humilde pareja amiga, se instala en su villa romana. Pronto, la magnética y melodramática relación del pintor y la actriz los arrastrará consigo, convirtiéndolos en testigos de la crisis matrimonial y colocando su propia relación al borde del abismo.

A pesar de valerse de una estructura circular en la que el final parece escrito desde la primera secuencia, el director de Los amantes habituales (2005), logra penetrar en el espectador utilizando una vez más sus experimentales y desgarradoras armas: escenas carentes de diálogo pero repletas de simbolismo, monólogos interiores mudos y destellos de la Nouvelle Vague y El Desprecio de Godard. Además, Garrel acompaña al público de la mano de Paul, un inocente figurante convertido en narrador omnisciente al más puro estilo Nick Carraway en El Gran Gatsby.

Philipe Garrel reúne en esta cinta un elenco de lujo, encabezado por su prolífero hijo Louis Garrel y la sensual Monica Bellucci en la piel de unos personajes divididos entre el amor que se profesan y el desgaste de su tormentosa relación gobernada por el egoísmo mutuo. El binomio Garrel-Bellucci termina por cautivar por su intensa emotividad y por sus dramas cotidianos con los que no cuesta empatizar.

La nota ardiente la pone como no podía ser de otro modo, la diosa de la sensualidad por excelencia, Monica Bellucci con un desnudo y una secuencia de baile que destila erotismo por los cuatro costados. Sin embargo, el largometraje no es apto para miradas detractoras del cine experimental ya que Un verano ardiente sigue la estela de las anteriores cintas del director francés, amado y odiado a partes iguales por críticos y cinéfilos.

LO MEJOR: La pareja protagonista, y en especial, Monica Bellucci que, sin desprenderse de su halo de diva, demuestra que es mucho más que un cuerpo escultural.

LO PEOR: un montaje progresivamente lento y en ocasiones, inanimado.

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Rapsodia Gourmet

De la mano de un ambicioso menú compuesto por una pequeña ración de misterio como entrante, la ascensión del genio como plato principal y el precio de la fama como postre, el cineasta Christian Vincent nos propone en “La cocinera del Presidente” un viaje sensorial por los anales de la cocina francesa más tradicional. Como guía gastronómica contamos con Hortense Laborie (Catherine Frot), una cocinera del tranquilo Périgord, repentinamente reclutada para satisfacer el paladar del hombre más importante de Francia. Sin embargo, los pasillos del Elysée albergarán pronto para ella, además de suculentos olores y sabores, envidias, traiciones y menosprecio frente a los que Hortense deberá luchar con su genio culinario como único aliado.

Basado en las memorias de la cocinera personal de François Mitterrand, este homenaje a la French Cuisine se vale de dos líneas narrativas para relatar la historia de una brillante cocinera que trata de dejar atrás su pasado como chef presidencial en una base antártica. Sin embargo, la llegada de una reportera australiana le llevará a revivir esa intensa experiencia entre fogones en el número 55 de la calle Faubourg-Saint-Honoré.



“La cocinera del Presidente” es la tragicomedia de una temperamental mujer en tierra de hombres, en la que tendrá que caminar a tientas hasta granjearse la aprobación del Presidente y en la que será incluso apodada "la du Barry" —nombre de la amante del rey Luis XV— por sus compañeros del gremio culinario. Hortense logra devolver al paladar del Presidente los sabores de su infancia y convierte la cocina en un asunto de estado, algo que crispa a todos y cada uno de los miembros del gabinete presidencial.

No obstante, y muy a pesar de la brillante interpretación de Catherine Frot, la trama comienza a perder fuelle tras una larga digresión culinaria que despierta no sólo el estómago del espectador sino también su curiosidad. Y es que el anhelado momento en el que las dos historias se funden es cuanto menos decepcionante tras la agonía estomacal.

"La cocinera del Presidente" es una oda a la cocina de la abuela francesa no apta para amantes de la intriga pero sí para gourmets y otros apasionados de la tradición culinaria gala a los que se les hará la boca agua en estos 95 minutos de gastronomía en la más pura esencia.

Lo mejor: El reflejo de la gastronomía francesa y su protagonista, Catherine Frot, inmersa en un personaje tan melancólico como complejo cuyo destino atraviesa una encrucijada transcendental.

Lo peor: Una trama demasiado condimentada pero carente del ingrediente clave que la convierta en una delicia para los cinco sentidos.

Nota: 60/100

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Las 13 rosas chinas

Christian Bale regresa a la China que lo encumbró con El imperio del Sol, allá por 1987, en este drama bélico —la producción china más cara de la historia— dirigido por el prolífico cineasta Zhang Yimou, y basado en la novela “Las 13 mujeres de Nankín” de Yan Geling. El laureado actor británico cambia esta vez el traje de murciélago por la sotana para ser espectador de la segunda guerra chino-japonesa, una brutal contienda en la que el ejército nipón invadió a su vecino continental.

Con un comienzo in media res en pleno asedio del ejército japonés a la ciudad de Nakín, la cámara nos presenta, tras un montaje en parapelo, el encuentro fortuito entre John Miller (Christian Bale), un maquillador de cadáveres estadounidense y dos uniformadas niñas chinas que huyen despavoridas, cuyos destinos confluyen en el convento católico de la ciudad. Una vez allí, el hedonista y etílico Miller se encontrará con una docena de estudiantes huérfanas y poco después, también con un grupo de alocadas meretrices que depositarán en él su última esperanza de salvación.

Las flores de la guerra no se recrea en la acción sino en sus personajes, a priori culturalmente opuestos y moralmente enfrentados, pero que poco a poco, se van descubriendo ante el espectador como víctimas inocentes de una sanguinaria guerra, en la que las mujeres se llevaron la peor parte. Sin ser su mejor papel, Bale encandila al espectador con este Shindler improvisado bajo una sotana prestada, que oculta su lado más humano bajo una coraza de codicia y embriaguez.

Sin embargo, es sospechosa la excesiva integridad y la exacerbada vocación mártir de todos los caracteres chinos. Todos ellos parecen hacer sido confeccionados con un mismo patrón de altruismo y filantropía que desvirtúa sensiblemente el relato.

Por otra parte, es igualmente sospechosa la infame conducta nipona que deja entrever las rencillas todavía patentes entre dos vecinos destinados a odiarse.

Al igual que Los niños de Huang Shi, protagonizada por Jonathan Rhys Meyers y ambientada en la misma época, Las flores de la guerra lleva como mensaje de fondo el devastador efecto de la guerra en la infancia. No obstante, esta producción china sitúa el punto de vista no en el héroe sino en sus aliados, unas mujeres maltratadas por su destino que también luchan activamente para alcanzar la salvación.

Las flores de la guerra es historia, es drama, es acción pero también es una clara declaración de intenciones china de alertar de su presencia en el mundo occidental, contando en primera persona uno de los episodios más oscuros de su pasado al más puro estilo hollywoodiense.

Lo mejor: los personajes, evolutivos y complejos de principio a fin.

Lo peor: la exacerbación de la valentía y el honor chino, patente en todos y cada uno de los arquetipos de la cinta.

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Aborígenes americanos

El hombre es el lobo para el hombre, y más si éste resulta ser estadounidense. Esta frase bien podría ser la moraleja de Salvajes, una cinta que, bajo la apariencia de relato de gángsters contemporáneos, explora los subterfugios de la violencia extrema estadounidense, justificada a menudo por sus políticos y ciudadanos como defensiva ante la irrupción de presuntos 'asalvajados'. El oscarizado cineasta Oliver Stone aparca esta vez el registro histórico que lo consagró con JFK: caso abierto y Nixon para sumergirnos en un thriller con el narcotráfico entre México y Estados Unidos como hilo conductor, y un intenso triángulo amoroso como picante condimento. A priori opuestos, Ben (Aaron Johnson), un filántropo budista, y su mejor amigo Chon (Taylor Kitsch), ex combatiente en Afganistán comparten, además de un lucrativo negocio de cultivo y venta de marihuana de primera calidad, un amor incondicional por la bella O (Blake Lively). Su idílica existencia en California se ve súbitamente truncada por la irrupción de un cártel mexicano de Baja California en horas bajas liderado por la temible Elena (Salma Hayek) que atraviesa la frontera y se instala en suelo estadounidense, exigiendo a Ben y a Chon su afiliación. La negativa de los jóvenes ante una oferta no rechazable activa un complejo engranaje de secuestros, violencia y mentiras que pone a prueba la inteligencia y la pericia de los dos bandos para lograr ganar una batalla librada por la hegemonía en el mercado de la marihuana.

Con una fotografía y una técnica envidiables que recuerdan al mejor Oliver Stone, ahora en poder de una avanzada tecnología escénica, y con la cálida voz de Blake Lively como narradora omnisciente, comienza este film que aspira a ser una crítica de la histeria capitalista pero también del explosivo delirio estadounidense tan fácilmente detonable. Envuelta en un halo de misterio generado por la carencia de información del espectador que la explosiva rubia va supliendo en pequeñas dosis a medida que transcurren las escenas, la película encandila al público y lo transporta a un estado de máxima tensión cargado de acción trepidante y brutalidad comunicativa de lo que termina siendo un reparto coral. Y es que el elenco de lujo del que echa mano Oliver Stone cobra vida a medida que se diluyen los minutos, tejiendo un embrollado entramado de personajes ineludibles para la conformación del relato. Con todo, la película patina en la construcción de unos arquetipos excesivamente estereotipados, en especial aquellos procedentes del lado mexicano de la frontera, que no hacen sino restar credibilidad a la cinta y acercarla al rumor ampliamente extendido de que en México todo vale.

Salvajes es una historia de excesos cuya belleza visual y enrevesada trama nos harán olvidar durante dos horas el salvajismo de nuestra cotidianeidad.

Lo mejor: El dúo protagonista formado por Taylor Kitsch y Aaron Johnson que, debutando en roles principales, logran estar a la altura del guión.

Lo peor: Blake Lively, que sin fracasar estrepitosamente en su papel, repite interpretación de bad girl que tanta fama le ha concedido en Gossip Girl, con la salvedad de cambiar el asfalto neoyorkino por la arena fina de las playas californianas.

Nota: 75/100

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Un día con Hester

En la hermética sociedad británica de los años 50, caracterizada por la rectitud y las good manners, Hester Collyer, una mujer avanzada a su tiempo, osa quebrantar el orden establecido abandonando a su marido sir William Collyer, un prestigioso juez del Tribunal Supremo y mudarse junto a su amante Freddie Page, un joven piloto excombatiente de la Segunda Guerra Mundial cuyos traumas posbélicos no cesan de aflorar. Basada en el clásico teatral homónimo del dramaturgo Terence Rattigan, The deep blue sea del cineasta Terence Davies y protagonizada por Rachel Weisz, nos sumerge en los meandros de la mente de una mujer liberada y condenada al mismo tiempo por un amor incondicional y no correspondido, que decide explorar hasta los confines de la razón.

Rachel Weisz pone de nuevo de manifiesto sus magistrales dotes interpretativas como ya hiciera anteriormente en El jardinero fiel o Ágora, interpretando a este vulnerable y apasionado personaje que, cansado de hacer lo correcto, decide lanzarse al vacío sin paracaídas. Con un comienzo in media res en el que Hester parece haber tocado fondo y prepara su muerte y una estructura circular, la cinta nos transporta al Londres de 1950, en el que el suicidio era un delito y el divorcio no era un derecho intrínseco para la mujer y mediante continuos flashbacks va esclareciendo las sombras que rodean a la pasional protagonista. Hester Collyer es un arquetipo fascinante y perturbador que salvedades históricas a parte, recuerda inevitablemente a Madame Bovary, ya no sólo por la similitud de sus conductas sino también por la dureza de sus existencias. No obstante y a pesar del deleite interpretativo de su protagonista, la cinta se torna prudencialmente lenta en su segunda mitad propiciada por los repetidos delirios de Hester que, por otro lado, no son sino el reflejo de la encrucijada contra la que lidia ella.

The deep blue sea es una pequeña joya cinematográfica que logra, con una brillante técnica narrativa, encandilar al espectador por su complejidad pero sin perder la esencia teatral y poética con la que fue concebida.

Lo mejor: Rachel Weisz, deslumbrante en su papel protagonista, totalmente mimetizada con su personaje.

Lo peor: las excesivas elipsis de la historia, que quizás nos aportarían más fragmentos de la laberíntica mente de la protagonista.

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Cronómetro con sabor a déjà vu

Tras Los mercenarios 2, el director Simon West nos trae este thriller policíaco protagonizado por uno de sus actores insignia, Nicolas Cage, en un intento de volver sobre sus pasos, esos mismos que en 1997 le catapultaron al estrellato con su ópera prima Con Air. Sin embargo, casi dos décadas después, lejos del asombro que despertó su primogénita película, ahora nos encontramos con un film en el que el oscarizado Nicolas Cage adopta su enésimo papel de reformado delincuente de buen corazón que retorna al lado oscuro por última vez para salvar a un ser querido. En esta ocasión, él es Will Montgomery, un exitoso ladrón de bancos que, tras un golpe fallido es atrapado y condenado a 8 años de prisión. Después de cumplir su condena, Will trata de reconstruir la relación con su hija adolescente Allison pero un fantasma de su pasado retorna de entre los muertos para hacerse con el botín que supuestamente le pertence, tomando a Allison como rehén y obligando a Will a cometer su último golpe.

A pesar de su comienzo trepidante, en el que se juega con un robo con montaje en paralelo seguido de una vibrante persecución policial automovilística por las calles de Nueva Orleans, la cinta comienza presto a desinflarse por las incógnitas tempranamente desveladas aunadas con la excesivamente predecible trama y los poco evolutivos personajes. Aún así, el largometraje logra pasar el corte por su guión, que si bien no es brillante, resulta eficiente, y por una colorida ambientación en la ciudad de Nueva Orleans durante su popular carnaval que, además de ser recurrente para algunas escenas de persecución, otorga belleza pictórica al vacuo fondo de la película.

Con todo, Contrarreloj termina por entretener al espectador gracias a algunos golpes de efecto como son el intento de fuga de la hija raptada o el secuestro de un taxista a manos de Will para obtener información, lo que no evita despertar en el público la percepción de que no está sino ante la secuela edulcorada y ablandada de 60 segundos en la que se echa mucho de menos a Angelina Jolie como cómplice femenina.

Lo mejor: Josh Lucas en el papel de psicópata lisiado y vengativo, un personaje que si bien resulta un tanto sobreactuado, al menos nos permite ver desenvolverse al actor en un registro opuesto al que nos tiene acostumbrados.

Lo peor: La escasa riqueza de los personajes, poco creíbles y a menudo excesivamente previsibles y supeditados a la trama.

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Amor y suspense en tierra de nadie

Todo vale en el amor y en la guerra y más si estos dos componentes se cruzan en el camino, tal y como sucede en Shanghai, el nuevo trabajo del cineasta sueco Mikael Hafstrom y protagonizada por John Cusack, Gong Li, Yun-Fat Chow y Jeffrey Dean Morgan. El autor de El rito abandona el género que lo consagró en la meca del cine para dirigir un intrigante thriller de espionaje bélico ambientado en el Shanghai hostil tras la invasión japonesa en 1941. Bajo la identidad de corresponsal estadounidense, el agente secreto estadounidense Paul Soames llega a la ciudad china con el fin de esclarecer las misteriosas circunstancias en las que fue asesinado su mejor amigo. Sin embargo, pronto se verá envuelto en una guerra encubierta que se libra en las calles de este Berlín oriental, fragmentado en 4 zonas de influencia (francesa, inglesa, alemana y japonesa) que coexisten en una detonante paz armada regida por un complejo sistema de alianzas. En medio de este polvorín, Paul conoce a Anna, la enigmática esposa de un carismático gángster local que, tras su bella apariencia, oculta una doble vida.

Con una escenografía excepcional y una ambientación privilegiada, Shanghai nos adentra en esta peculiar ciudad, testigo y morada de un variado abanico de civilizaciones que en 1941 iniciaba su proceso de desoccidentalización mientras se fraguaba en ella un acontecimiento que cambiaría el curso de la historia contemporánea: el ataque a la base estadounidense de Pearl Harbor. En clave de suspense, la cinta nos descifra el controvertido galimatías político que asedia a la ciudad mientras un reaparecido John Cusack se convierte en el tercero en discordia como ya lo hiciera Humphrey Bogart en Casablanca. De hecho, el film en conjunto guarda un parecido razonable con este clásico cinematográfico no sólo por el triángulo amoroso protagonista sino también por su estrecha relación histórica.

No obstante, John Cusack, notable en su interpretación intrigante, no pasa de ser un seductor al más puro estilo James Bond y no logra encandilar al público en su interpretación romántica. A pesar de la acción trepidante y el suspense in crescendo, el romance no se torna verosímil por no gozar de la suficiente fuerza ni de la necesaria química entre el dúo protagonista, un hecho que deja una sensación áspera en el espectador. Además, el largometraje no se libra de caer en los habituales tópicos sobre las diferencias culturales entre oriente y occidente, así como de los estereotipos del bando germano-japonés, que impregnan de previsibilidad a la película.

Aun así, Shanghai se convierte en un documento histórico afortunado, que retrata con elegancia una realidad no exenta de complejidad y que ayuda a forjarse una panorámica realista de los inicios del conflicto bélico que enfrentó a Estados Unidos y Japón y que culminó con los ataques atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

Lo mejor: el cuidado detallismo que caracteriza la escenografía y los arquetipos principales, que sin alcanzar la convexidad, funcionan con eficiencia.

Lo peor: el no del todo convincente romance protagonista.

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La importancia de llamarse Adolphe

El nombre, la opera prima de Matthieu Delaporte y Alexandre de la Patellière es la prueba ferviente de que una buena película no requiere más que de un ingenioso guión y de unos tenaces actores para meterse al público en el bolsillo. Esta hilarante comedia francesa realiza una radiografía de la sociedad gala actual en clave de humor satírico desternillante, a través de pasar por el microscopio a una variopinta familia que, bajo la aparente estabilidad de familia acomodada del París actual, encierra los dramas banales y existenciales postmodernos más comunes. Vincent, el playboy francés por definición, ha logrado sentar por fin la cabeza y está a punto de ser padre junto a Anna. Su hermana Élizabeth y su cuñado Pierre los invitan a cenar en su apartamento parisino junto a un buen amigo de la infancia, Claude y todo parece andar sobre ruedas cuando Vincent decide comunicarles en primicia el nombre de su primogénito, destapando así la caja de pandora.

Un guión repleto de humor inteligente y un reparto tan cómico como chispeante son la carta de presentación de esta cinta cuya sinopsis introductoria no le hace justicia en absoluto. Los veteranos Valérie Benguigui, Jean-Michel Dupuis y Patrick Bruel encabezan este elenco de lujo que, haciendo gala de su maestría interpretativa, demuestra que el cine francés es el mayor experto en reírse de sí mismo, de su identidad gala y de romper los estereotipos que la caracterizan cayendo en ellos. Este episodio hilarante, que transcurre casi en su totalidad a lo largo de una cena, es ya un viejo conocido de la cultura francesa puesto que ya apareció como pieza teatral en 2010, logrando una nominación a los premios Molière del teatro francés.

En síntesis, El nombre es una pequeña joya cinematográfica no por la elaboración de su puesta en escena sino por su soberbia interpretación y por la complejidad de sus personajes, convexos y evolutivos, que no dejan de destapar sorpresas hasta el fin de la trama.

Lo mejor: la construcción de los personajes y su guión, que queda como anillo al dedo a unos excelentes intérpretes totalmente fundidos en sus arquetipos.

Lo peor: la falta de más de un escenario en el que se desarrolle la acción, un hecho que teatraliza la cinta y pierde ligeramente valor cinematográfico.

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Primeros pasos filosóficos

Los debutantes directores Jean-Pierre Pozzi y Pierre Barougier nos traen por fin a nuestras pantallas este experimento pedagógico rodado en 2010 en formato documental que, a modo de cámara oculta nos introduce en un aula de parvulario de un colegio a las afueras de París en la que niños de entre 3 y 4 años hacen sus primeros pinitos en el mundo de la reflexión. A la luz de una vela, tal y como lo hicieran los filósofos de la antigüedad, Azouaou, Abderhamène, Louise, Shana, Kyria, Yanis y el resto de su clase comienzan a debatir temas como el amor, la libertad, la inteligencia o la autoridad junto a su maestra Pascaline, quien progresivamente va ocupando un rol secundario en este ágora improvisado en Le Mée-sur-Seine.

Graci as a este taller de filosofía, los pupilos no sólo aprenden a expresarse si no que también se forman como oyentes en tanto que ejercen sin saberlo, una prueba de introspección personal que les permitirá conocerse y reconocerse a sí mismos. El ensayo en sí mismo es todo un éxito y logra que estos pequeños filósofos comiencen a ejercitar la mente en los albores de su etapa académica. Sin embargo, y aunque la cinta cuenta con una fotografía cuidada, gracias a la que nos convertimos en un alumno más, ésta se torna excesivamente dilatada en el tiempo y a partir de la segunda mitad del largometraje se comienza a fraguar in crescendo en la mente del espectador la impresión de que el documental ya no tiene más que mostrar. En efecto, éste concluye con el agradecimiento recíproco entre la maestra y las familias pero deja en el aire la prospectiva de estos participativos alumnos.

En síntesis, Sólo es el principio resulta atractiva desde un punto de vista pedagógico y educativo pero pierde interés en tanto que documental divulgativo por la materia tan fragmentada que abarca, a pesar de estar envuelto de inocencia infantil.

Lo mejor: Sin duda, los niños y su espontaneidad delante de la cámara, que nos transporta tiempos pretéritos en los que asistíamos al parvulario, y al mismo tiempo, su frescura frente a la diversidad, cada vez más presente en las aulas escolares.

Lo peor: La carencia de una tesis concreta con voluntad inductiva a partir de este experimento pedagógico.

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