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Nahuel Pérez Biscayart (‘120 pulsaciones por minuto’): “El rol que la sociedad asignó a los enfermos de SIDA era morir escondidos y olvidados”

Nahuel Pérez Biscayart en el 65 Festival de Cine de San Sebastián

El actor argentino protagoniza uno de los estrenos de la semana, un alegato político contra el olvido y estigma que a principios de los años 90 persiguió a las víctimas de SIDA en Francia, algunas de ellas unidas en la asociación Act Up-París, que tenía como objetivo concienciar a la población sobre la enfermedad y conseguir el acceso a la medicación. Lo entrevistamos el pasado mes de septiembre en su paso por la 65ª edición del Festival de San Sebastián

¿A qué hace referencia el título ‘120 pulsaciones por minuto’?

A todo. Sobre todo hace referencia a las pulsaciones del corazón de los jóvenes protagonistas, un grupo muy improbable y heterogéneo que se forma básicamente porque los integrantes, su familia o sus amantes son de golpe víctimas de la enfermedad. No eran expertos en lo que hacían pero aprendieron a hacer política a pesar de un miedo que debía de ser impresionante. Por otro lado, el título también puede referirse al tempo de la música house, muy presente en el film y con la cual mucha gente de Act Up creció y bailó. También tiene que ver con las pulsaciones al tener sexo, la adrenalina antes de morir… Todo gira en torno a esta idea de que, ante la muerte que los rodea y los persigue, la vida se enciende aún más para darle batalla. 

A medida que avanza, la historia se va haciendo más dura y oscura, pero aún así vamos encontrando estos momentos de música, baile y distensión. ¿Es la película también un canto a la vida?

Sí, es que en realidad la vida de los personajes debería haber sido la discoteca. Todo lo demás es una disrupción a causa de la enfermedad. No es que dentro de la tragedia haya alegría, sino que su vida debería haber sido, con sus pesares y su angustia, una vida con posibilidades, y cuando llega la enfermedad todo se transforma. Pero incluso en este punto, todos asumen muy valientemente encarar la situación y volverla política, no porque haya una ideología detrás, sino simplemente porque pelean para vivir. Así que sí, inevitablemente podemos decir que es una película sobre la vida y las ganas de vivir, porque alguien que no tiene ganas de vivir, habría aceptado el rol que la sociedad le asignó a toda esta parte de la sociedad, que era morir escondidos y olvidados, como una enfermedad de la vergüenza. 

Hacia la mitad del metraje, la película se centra mucho en tu personaje y en la enfermedad. Se podría decir que se convierte en representante de las víctimas de SIDA de ese momento. ¿Lo tuviste en cuenta o supuso algún tipo de carga adicional a la hora de preparar el personaje? 

En absoluto. Nunca abordo mi trabajo desde la responsabilidad política que puede implicar un personaje u otro. En lo personal no me suma esa presión. Sobre todo porque cuando uno actúa necesita estar en un tiempo presente, y si uno piensa en que el personaje que va a representar o la película van a tener una responsabilidad histórica, no puede actuar.

De todos modos, tuviste que pasar por un proceso de preparación para la evolución física del personaje

Sí. Durante 20 días de la segunda mitad del rodaje en adelante empecé una dieta muy estricta y perdí siete quilos. Lo cual es un montón, porque estuve 20 días cansado y con poca energía, porque filmaba mientras hacía la dieta. Eso hizo que me aislara un poco del grupo porque no podía comer con ellos, y generó un interesante paralelismo entre lo que pasa en la película y lo que pasaba en el rodaje. El cambio físico no era súper fundamental, pero ayudó para acompañar al declive y deterioro del personaje. 

A diferencia de otras película que han tratado sobre el SIDA, la película no llega a ese punto trágico y a veces morboso de la enfermedad, sino que es una película muy política, de gente que no quiso quedarse apartada en la vergüenza de la que hablabas.

Es una película como dices muy política, que hace de la enfermedad y del dolor íntimo una fuerza de vida. Por eso la película no encuadra en un melodrama o en un género que ahonda en la piedad, el dolor y esas sensaciones tan cristianas. Además, es una película que decide mostrar justamente lo que no se ha mostrado en otras películas del género, como pueden ser los momentos intermedios: entre que un cuerpo muere y se decide qué hacer con él, entre el decidir irse juntos a casa y el inicio de la escena de sexo. En general, siempre vemos el sexo, corte, día siguiente; se muere, corte, funeral. Aquí no, aquí se nos permite acceder a esos lugares oscuros, escondidos y secretos, que son los más frágiles y donde más vida uno termina encontrando. 

Además de las acciones políticas, manifestaciones y escenas más violentas, la película también tiene secuencias más íntimas, escenas de sexo y conversaciones que demuestran fuerza y sensibilidad, y están rodadas de una forma muy especial. 

Y que hoy en día son casi secuencias políticas, en realidad, si tenemos en cuenta el lugar que tiene el sexo homosexual en el cine. Siento que la política está en la película en todos lados, empezando por la presencia de determinadas personas que normalmente son estigmatizadas y silenciadas por la mirada conservadora actual. En el caso concreto de las escenas de sexo, más allá de la complejidad en el rodaje, que fue bastante coreografiado, lo más difícil fue precisamente el relajarse para poder acceder a la intimidad, frágil y casi susurrada, que propone un encuentro tan íntimo como ese, en el que los dos personajes se abren uno al otro y empiezan a conocerse y a imaginar una historia juntos. Es el momento en que uno entiende y escucha la necesidad del otro. 

[Alerta SPOILER] En esta línea, la escena en el hospital es quizá el clímax de la cinta. En pocas películas se ve una masturbación en pantalla que tenga una profundidad emocional como la de ese momento. 

Y porque ya no es sexo, lo es todo. Es una escena muy intensa, y es tan complejo todo lo que engloba que es difícil enumerarlo. Por un lado, es un momento de alivio necesario, en el que mi personaje se hace casi atender por el otro, en un sentido casi medicinal, como cuando se aplica un tratamiento. Por otro lado, la idea de que quizá es la última vez que tenga placer sexual en su vida hace que haya una mayor carga emocional. Esa escena puede reflejar miles de cosas, también que la vida gana en cualquier situación. Son personajes muy vitales, e incluso en esa situación van a querer empujar los límites para agarrarse a la vida, y el sexo es una puerta de entrada muy directo a la vida. Lamentablemente, hay aún tabúes en esta sociedad que hacen que no sean habituales momentos como este en pantalla. [Fin SPOILER] 

La película retrata muy claramente la actividad que la asociación Act Up-París llevó a cabo a principios de los 90. ¿Hablasteis con la organización real para documentaros? 

Robin Campillo, el director, fue militante de Act Up en la vida real, Philippe Mangeot, que es coguionista, también fue militante y presidente, y el productor igual. Toda la película fue hecha por gente que sabe, que conoce, que vivió, que sufrió, que amó, que todo. Así que hubo muy poca necesidad de ir a documentarse de manera analítica y política con la asociación porque estábamos constantemente en contacto con gente que formó parte de todo ello. De todos modos, ellos nos dieron gran cantidad de información y de emoción, pero luego nos dejaron reinventarlo a partir de nuestra propia manera de ser. Además, también tuvimos la oportunidad de documentarnos viendo archivos de la época que salían en televisión. Teníamos todos los fragmentos de los noticieros de esos años para poder ver claramente las acciones que llevaban a cabo. 

Estamos en 2017. Han pasado más de 25 años desde los hechos que se narran en ‘120 pulsaciones por minuto’. ¿Hemos dejado atrás el tabú y el olvido en torno a la enfermedad y sus víctimas? ¿Con qué recibimiento os habéis encontrado, al presentar el film? 

Por un lado estamos sorprendidos de lo bien que la película es recibida, y no en el medio gay o entre los que tuvieron una relación con esa época. Los mensajes que recibo en las redes son de niñas de 14 y 15 años que ven la película y que están completamente emocionadas. En este sentido, siento que la gente se empieza a cuestionar muchas cosas, y que la película empieza a romper con muchos preconceptos que incluso gente muy abierta puede tener. Los prejuicios entran de manera inconsciente en el día a día, e incluso en la actualidad, en los países en los que por suerte la gente tiene acceso gratuito al tratamiento contra el VIH, nadie habla de lo que es vivir tomando las pastillas y lidiar con sus efectos secundarios. Continúa habiendo una estigmatización por parte de la sociedad, por ejemplo en el acceso al trabajo. La historia no está superada. El debate sigue allí presente, en otros términos, pero sigue presente. Y luego ni hablar de los países que no tienen directamente acceso y cobertura a los medicamentos, donde la gente sigue muriéndose de SIDA en cuestión de semanas. Pero claro, como son países que no importan a los países centrales, porque solo ocupan el lugar de mano de obra barata, no hay un interés mundial por proteger a esas poblaciones vulnerables. El SIDA es una enfermedad muy política y opera en muchos lugares.

Mar Gallardo


Entrevista realizada conjuntamente con ‘Cine y comedia

Enviado por: MMar_Gallardo el 15/01/2018