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Nivel de Karma: 20 ¿Qué es el Karma?

Alain

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El niño que busca amar y ser amado

Recientemente descubríamos una joya con Tomboy, película que se zambullía en el universo de la infancia para hablarnos de los problemas sexuales a esa edad. Kauwboy -título semejante, temática casi idéntica- nos acerca a la visión de un niño ante la pérdida de un ser querido, aunque sea pasajera (la madre está de gira por Estados Unidos) y la incomprensión a la que es sometido: quiere amar y quiere ser amado.

La cinta supone el debut en la ficción del documentalista Boudewijn Koole y el resultado es muy alentador. Hay que seguirle la pista. Su mirada se basa en sumergirse en los pensamientos y sentimientos de Jojo, el niño protagonista, mostrando su día a día, con suma delicadeza y centrándose en las emociones más sutiles, evitando el subrayado.

También hay lugar para tratar las influencias de los demás en la personalidad y el comportamiento de uno mismo: el pasotismo del padre, el acercamiento a la compañera de equipo de waterpolo o la criminalización del entrenador. Ante todo esto, Jojo se refugia en una cría de grajo, en cuya casualidad encuentran algo en común: el abandono de la madre. La relación con el padre llega al punto de (casi) no retorno y todo parece desembocar en aquellos infantes tan conmovedores de La cinta blanca. Finalmente, el relato no coge ese sendero.

Kauwboy no solo se centra en el pequeño, también en el personaje del padre, haciendo así una historia más amplia y redonda que lo acontecido en la citada Tomboy. Pese a ello, la resolución de los conflictos es algo precipitada, con un par de cuestiones mal resueltas. Eso sí, la emoción no la pierde por el camino.  Otro de sus puntos fuertes es el uso de la música country: máxima expresión de los sentimientos de Jojo.

Con uso preciso por el detalle, una cuidada fotografía y una dirección más centrada en lo emotivo que en lo artifical, Kauwboy se erige como una muy loable ópera prima. El reparto se luce con interpretaciones muy naturales y la historia contiene fragmentos muy punzantes.

Lo mejor: Los varios frentes que plantea para entender el mundo de Jojo

Lo peor: Está destinada al olvido

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Fitzgerald al servicio de Luhrmann

Amor por encima de la hipocresía social. Luhrmann por encima de F. Scott Fitzgerald. El director australiano realiza su adaptación de El gran Gatsby, una de las mejores obras de la historia de la literatura, desde su puesta en escena estilística en que prima el romance -la parte superficial del original- por encima de los recovecos y distintas lecturas de la obra. El cineasta divide al público entre lso que odian con prejuicios antes de ver sus nuevos trabajos y los que lo adoran, servidor está más cerca de lo segundo gracias en gran parte a esa obra maestra llamada Moulin Rouge!

Así pues, este nuevo Gatsby se ha tragado varias críticas que la tildan de aburrida, soporífera, mareante o simple encanto visual. Baz Luhrmann opta por crear un gran espectáculo en su primera hora, un festival para los sentidos, pero después se contiene más e intenta sacar a relucir el espíritu de Fitzgerald. En su última media hora final lo logra con creces. Pero hasta ese punto todo resulta demasiado frío y la ambición luhrmaniana se acaba por comer el universo literario y el gran material que tiene ante sí.

Como en la novela, Nick Carraway nos sumerge en ese mundo de fiestas locas, lujo y alcohol y nos va descubriendo poco a poco, paso a paso, letra a letra quien es el misterioso Jay Gatsby y, simultáneamente, nos presenta a una sociedad despreocupada y frágil. Con él nunca perdemos la palabra de Fitzgerald, pero no cala todo lo que debería. Ahora bien, en el tramo final todo es puro Gatsby: el derrumbamiento del sueño americano, la caída de un hombre obsesionado con el pasado que acaba por destruir el presente, la crítica a una sociedad hipócrita y la relación de amistad (amor platónico) más sincera y profunda jamás creada.

Luhrmann apostaba fuerte en su puesta en escena con una selección musical brillante (algunos temas piden a gritos sendos premios) basada en los estilos del pop y hip hop actuales. Todo para transportar al espectador a ese universo que recrea el original literario y zambullirlo en la espiral del descontrol. Tildar la dirección de Luhrmann de videoclipera es muy reduccionista y desprestigiar un lenguaje cinematográfico potente con nuevas formas que, en este caso, casan perfectamente con parte del universo descrito en la novela. Los movimientos de cámara del director de Australia y el montaje son pura orfebrería técnica al alacance de muy pocos. Y siempre usados con inteligencia, nunca por simple capricho pirotécnico.

La emoción de la que carece el film durente sus dos primeras horas es compensada con el magistral reparto, sobre todo, un Leonardo DiCaprio inmenso que demuestra que puede con todo. Su Gatsby lo tiene todo: la mirada única que te encuentras cinco veces en la vida, la introspección de sus sentimientos y la pasión/obsesión por recuperar el pasado perdido. Carey Mulligan compone un papel difícil con las dosis justas de sobreexitación que reclama su personaje. Tobey Maguire no suele resultar convincente y aquí se luce como pocas veces antes, probablemente sea su mejor interpretación. Los menos distinguidos Elizabeth Debecki, Joel Edgerton, Isla Fisher y Jason Clarke -incríeble en sus dos únicas escenas- realizan interpretaciones de alto calado. Todos merecerían tener oportunidad de premio a partir de diciembre.

El Gran Gatsby de Baz Luhrmann es por encima de todo un espectáculo cinematográfico enterenidísimo que nunca abandona la esencia del original gracias a la impresionante selección musical (del jazz a los actuales gustos) y a un epílogo que ya forma parte de lo mejor del año. Al final, los amantes de Luhrmann y Fitzgerald quedan tan satisfechos como desconcertados.

Lo mejor: Sus últimos treina minutos, la música y DiCaprio

Lo peor: Los recovecos de la obra de Fitzgerald se diluyen

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  • Alain
  • 2013-05-16 00:51:50 opinó sobre Ali
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Aprender a conducir la vida

La adolescencia fue uno de los temas recurrentes en el pasado Atlántida Film Fest con cintas como The We and The I de Michel Gondry o la francesa L'age atomique. El cine español también puso su granito de arena en este campo con Ali, debut de Paco R. Baños, sobre una chica con una relación complicada con su madre y con serios problemas para entablar una historia de amor con alguien. Sus éxitos y fracasos se mimetizan con sus temores y progresos en sus poco metódicas clases de conducción.

La propuesta del director recuerda mucho a Juno, la muy notable dramamedia de Jason Reitman que marcó en 2008; tanto por el humor que desprende, como por la música, el estilo pop del film y el personaje protagonista -en ambas ponen el título y todo-. No hay embarazo, no, son semejanzas estilísticas y formales. Ahora bien, no derrocha tanta frescura como aquella ni sorprende tanto, pero logra lo que hacen pocas películas: persuadir al espectador.

Ali se encuentra desamprada en su vida por culpa de su situación familiar en casa -agudizado con ataques bipolares de la madre- y por su incapacidad de comprometerse y amar. De este modo, la película es una bonita y tierna metáfora sobre cómo aprender a conducir la vida, a escoger el camino correcto y acelerar o frenar cuando sea necesario. Todo son etapas, como las lecciones de las prácticas de coche.

El guión dibuja unos buenos personajes, con Ali a la cabeza, aunque defallece un poco en la poca explotación del personaje de la madre o el chico adolescente. De todos modos, unos actores en estado de gracia levantan el vuelo, sobre todo, una incomensurable Nadia de Santiago que desprende mucha naturalidad. Verónica Forqué está magnífica y Julián Villagrán y Lluís Marco son dos secundarios de lujo. 

Las pequeñas historias son las que calan más fácilmente. Normalmente son lás más personales y universales. Ali es una de ellas. Presenta con delicadeza y esmero algunos de los problemas más corrientes de la adolescencia y lo hace sin caer en lugares comunes, sino apostando por una veracidad carente en propuestas de mayor calado. El resultado final es el de un notable melodrama.

Lo mejor: Nadia de Santiago

Lo peor: Algunas situaciones están mal resueltas

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El maniqueísmo del cine español

El cine español y la guerra civil es una colaboración tan larga como lastrada por una serie de títulos fallidos y mediocres como Las 13 rosas y La voz dormida. Por ello, las mejores películas sobre la contienda bélica y la consecuente dictadura franquista son aquellas cuyo tema no es el propio conflicto sino una denuncia de las injusticias como en Salvador (Puig Antich) o una reflexión sobre la violencia como en Pa negre. Desgraciadamente, La mula se sitúa en el primer grupo.

La trama de este drama español narra la historia de un joven republicano que se ve obligado a luchar en el bando franquista. A partir de ahí todo sucede mediante el más simple maniqueo y una nula capacidad dramática durante todo el metraje. Seguramente, sin sus conocidos problemas de producción, con varios directores terminando el film, el resultado no sería diferente. El guión, ya de por sí, es muy deficiente y la historia es la que es: unos son muy buenos y los otros muy malos. Sin prisma moral, sin estudio de personajes. Y encima los dos prototípicos personajes que tratan al espectador como tonto para hacerles ver quienes son los mejores.

Eso sí, el guión tiene un único acierto: el humor, con ecos berlangianos, y varios diálogos inspirados. El principal problema de la película es que tiene varias subtramas y ninguna está bien conectada (la relación de amor, el amigo del protagonista, el periodista), simplemente, todas tienen a Mario Casas como epicentro. Él levanta la película con una portentosa interpretación, su mejor papel hasta la fecha. El resto del reparto, ajustado, con alguna secuencia bochornosa por parte de algunos.

La mula es una de aquellas películas por las que el cine español está tan desprestigiado por el gran público y devaluado por parte de la crítica. Cada paso que se da adelante con cintas de gran calidad como Blancanieves o productos taquilleros como Lo imposible, La mula, retrocede dos para atrás.

Lo mejor: Mario Casas, muy divertido

Lo peor: ¡Basta de tanto maniqueísmo! 

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La sutileza, arma para seducir...

No es tarea fácil contentar a una larga legión de fans. Ese es el reto que tiene Park Chan-wook desde hace años con cada nuevo trabajo y en esta ocasión más puesto que ha cruzado el Pacífico para debutar en Hollywood. El coreano no pierde un ápice de autoría -de la extravagancia a la sutilidad- y acierta en la puesta en escena de una historia muy manida, pero con fuerza gracias a unos personajes hipnotizantes.

La historia, firmada por Wentworth Miller, el protagonista de la serie Prision Break, no es nada nuevo bajo el sol. Un juego de intrigas tópico al que Chan-wook imprime su sello autoral y una puesta en escena cargada de imaginación con toques hitchcockianos (¡esa lámpara del techo!). Evidentemente su cine no es viable en Hollywood y, como era de esperar, rebaja el tono, aún así hay lugar para los personajes enfermizos y el uso explícito de la violencia hasta cierto punto.

Chan-wook nos en cierra -prácticamente todo el metraje- en una mansión en que se esconde lo inevitable y un invitado lo hará estallar todo por los aires. Los tres personajes principales mantienen una extraña fascinación y obsesión recíproca fruto de un estudio psicológico tan acertado como profusamente desarrollado hacia el terreno de lo perturbador. La protagonisa no parece estar a gusto con su entorno, su padre fallecido sabía porque y la acaramelaba con la caza, pero su tío reaparecido la seducirá hacia un mundo esquizofrénico y morboso. Mejor no dar detalles y ser sutil como la propia película.

El cineasta se sirve de un gran trabajo de sonido y fotografía que crean ese ambiente turbulento y seductor. Algo que también logran las brillantes interpretaciones de Matthew Goode, Nicole Kidman -magistral en el tramo final- y, sobre todo, Mia Wasikowska con una interpretación que quita el hipo con ese epílogo excelente con que conluye el film. Un renacer.

Stoker significa un paso más en la carrera de Chan-wook, saltar a Hollywood, pero no es un retroceso. Es experimentar las convenciones de ese cine con su estilo personal, para ello, dota a la historia de una sutilidad muy grata empleada con suma inteligencia (la escena del piano, los zapatos, los flashbacks de la caza). El resultado es el de un cuento de hadas perturbador e inquietante con un trasfondo sociológico de gran calado.

Lo mejor: La sutilidad de la puesta en escena

Lo peor: El guión es de manual

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Allí os emocionáis y aplaudís,...

Algunos intelectuales sostienen que el cine es un producto ideológico para indicir en la mente humana y el razonamiento de los espectadores. Soy muy crítico con estas tesis porque amo al cine como arte, lo que es. Eso sí, en Hollywood sí se estila crear películas que se rigen más por sus pretensiones que por la vocación de sus cineastas. Claros ejemplos son la esperpéntica The blind side sobre el sueño americano, la estúpida Criadas y señoras sobre las diferencias raciales u Objetivo: La Casa Blanca con el patriotismo ante la amenaza terrorista enemiga.

El nuevo film de Antoine Fuqua ofrece un cócotel no apto a este lado del Atlántico: presentación de Estados Unidos como la cuna del mundo libre y pacífico versus países con llenos de terroristas (simplemente, los coreanos hacen en la película lo que ellos hicieron en Irak), alabanzas en todo momento a Dios, héroe blanco que redime sus traumas salvando a toda la nación y niño (el hijo del presidente) con muchas lágrimas que aportar. ¿No es suficiente? Pues hay la bandera desmembrandose, discursos irritables y traidores que encuentran su redención antes de morir. ¡Hasta se usan cornetillas en la banda sonora!

Las intenciones de la película son totalmente deplorables y algunas hasta denunciables. ¿La gracia? Objetivo: La Casa Blanca deja un listón alto en el cine de acción. Su trama avanza a un ritmo vertiginoso, todos los personajes funcionan, la acción transcurre acertadamente en todos los segmentos y quedan imágenes para el recuerdo como el obelisco derrumbándose o el asalto a la Casa Blanca. La dirección de Fuqua es impecable, con estilo ochentero y con buen uso de los efectos especiales, y mantiene un pulso frenético con momentos de lucidez como toda la primera hora del asalto.

Sin tanto afán en búsqueda de un patriotismo exacerbado y habiendo apostado por una historia con fondo que forma, estaríamos probablemente ante una de las mejores películas de acción de los últimos años. Bebe mucho de la magistral serie 24, pero no su esencia: ese estudio político social de la sociedad del terror. Aquí solo hay disfrute contínuo para decir, a veces literalmente, que buenos somos nosotros y que malos el resto.

Sinceramente, películas como Objetivo: La Casa Blanca no tienen mucho sentido en Europa y el resto del mundo fuera de las fronteras estadounidenses. El punto a favor es que es un entretenimiento de factura impecable con un elenco que funciona y múltiples bromas involuntarias (donde ahí se emocionan, aquí reímos a carcajada). Dios bendiga esta crítica y Dios bendiga los Estados Unidos de América.

Lo mejor: El pulso narrativo de Fuqua para la acción

Lo peor: ¡Basta de tanto patriotismo!

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El despertar de la sexualidad:...

Tema peliagudo. Una niña de diez años tiene dudas en su interior: se siente un chico. Viste como tal y lleva el pelo corto. En su nuevo grupo de amigos se hace pasar por Michel y esconde que, en realidad, es Laure. Empieza a aventurarse en un juego de doble identidad peligroso y con un único final posible. La directora francesa Céline Sciamma trata el tema con suma delicadeza y con mucho sentimiento.

El relato es corto, al mismo tiempo que intenso y emotivo. Lo primero perjudica al resultado global, pues algunos frentes se quedan en el tintero -más reacción del padre- y no todo acaba subyugando al espectador. Por contra, la historia por sí misma funciona y su tratamiento conciso y riguroso soslaya caer en el burdo maniqueo o la banalización de la sexualidad.

El personaje del niño -creo más oportuno referirme a él con este sexo- es el epicentro y lleva el peso del relato, sin altibajos y protagonizado varios momentos para el recuerdo como el partido de fútbol, el baño en el río o el corte de pelo junto a su hermana. El guión se inmiscuye minuciosamente en su psique para desgranar sus dudas, temores, sentimientos y engaños. Todo con una sutilidad que agradecerá el espectador más entregado a la causa.

Tomboy alza el vuelo gracias a la brillante interpretación de Zoé Héran y por un desenlace redondo. La historia no dejará indiferente a nadie y pondrá al espectador en una posición incómoda: aceptar la condición de la niña o dejarse llevar por unos prejuicios anquilosados como los de la madre. Aceptar o censurar. Dejar vivir o morir. Amar o despreciar.

Lo mejor: La actriz protagonista y la sutilidad del relato

Lo peor: Se hace demasiado corta

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Conmoción y estupor de una...

La crisis emocional de dos animales heridos mediante la crisis económica en que está sumergida España. De hecho, mucho más profunda, puesto que Isabel Coixet nos traslada al 2017 cuando las cosas estarán mucho peor que ahora. Eso tan solo es el pretexto metafórico para diseccionar dos personajes reencontrados, tras cinco años de su ruptura a partir de un trágico suceso, con muchas cosas por decirse aunque muchas se las callen y las disimulen con una mirada o una palabra.
 
Coixet no deja títere con cabeza: el uso del fútbol como droga del pueblo (inteligente uso de los titulares en los periódicos al inicio), la inoperancia y anquilosamiento de los partidos, los recortes en servicios públicos (con consecuencias terribles), la cifra desbocada de paro o el enloquecimiento injustificado con Eurovegas y su nula oposición. Como no, también la fuga de trabajadores al Norte de Europa (Cámara) y la degradación de la sociedad en el Sur (Peña). Dos polos contrapuestos, pero en la historia concreta muy unidos por un intenso y profundo dolor.
 
La directora de la magistral Mi vida sin mí dispone a sus dos personajes en un único espacio, un edificio administrativo del Estado, vacío, lúgubre y repleto de historias tristes. Una evocación tremendista del futuro del país. Ahí, el ex matrimonio entabla una serie de conversaciones, al principio distantes y poco trascendentales; luego, los sentimientos y el dolor afloran, imposibles de controlar todo es desenmascarado, al menos, para el espectador. 
 
Los pensamientos de los dos personajes sacan al espectador de ese único espacio, un acierto que ayuda a comprender mejor sus psiques y crea el realismo de un diálogo (lo que se dice y no se dice y lo que se piensa). El ejercicio fílmico de Coixet deambula en la puesta en escena teatral y, por ello, los actores sacan lo mejor de sí (y por la crudeza de sus personajes, claro). Candela Peña y Javier Cámara componen brillantes interpretaciones. Ellos alzan el vuelo del film con un tour de force increíble.
 
La cineasta, experta en descomponer minuciosamente el alma humana y los sentimientos más insondables, falla en dos cosas, ambas metódicas y bastante imperdonables. La primera peca en exceso de su atrevimiento y algún pasaje acaba resultando monótono y tedioso, algo que ocurría a la no tan lejana -salvando mucho las distancias- To the wonder. La segunda es un par o tres de momentos panfletarios en que la directora nos toma por tontos y nos dice lo que debemos hacer y pensar. Muy directa, poco sutil; muy política y poco cinematográfica.
 
Ayer no termina nunca es un descenso a lo más profundo de dos personas arrasadas por la situación de un país -y de su vida diaria y personal también- . Él con soluciones que pasan por la huida y el conformismo, ella por la lucha feroz y un optimismo letárgico. Coixet conmueve con su radicalidad y su juego psciológico, pero también provoca estupor y distancia. No todo cuaja, pero se agradece y mucho.
 
Lo mejor: El atrevimiento de Coixet y sus dos actores

Lo peor: Los dos momentos panfletarios, sin duda

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Hay políticos honrados y entregados

No hay mejor momento para estrenar esta película. El país vive desde hace dos años enquistado en un descrédito político elevado, agudizado por la crisis económica y propulsado por la corrupción y el desafecto hacia todas las instituciones del Estado. Para arrojar un rayo de esperanza, llega el cine francés, el país donde al menos eligen periódicamente a su Jefe de Estado. Su cine es mucho mejor que el nuestro, en lo otro están mejor, pero tampoco es para tirar cohetes.

El ejercicio del poder desnuda (como en la escena onírica inicial) los entresijos de la política con el protagonismo de un Ministro de Transportes honesto, eficaz y entregado a la causa, a la responsabilidad de su cargo y su acuerdo social con los ciudadanos. Ahora bien, también hay lugar para sembrar las dudas con un sistema entregado a los lobbies, a los intereses del partido y al papel amistoso de los medios de comunicación.

Pierre Schöller rehuye del panfleto y prefiere narrar una historia sobre un hombre honrado, dedicado al mundo de la política, pero humanizado. Bertrand Saint-Jean no es el malnacido privatizador de redes de transportes públicos, sino un padre de familia superado por su vocación, cuyo matrimonio se resiente de ello y un hombre con poca vida social que no tendrá más remedio que encontrar a su mejor amigo en su nuevo chófer.
 
El relato funciona, aunque a veces renquea y acaba siendo un poco reiterativo tanto en sus intenciones como en el tratamiento psicológico del protagonista. Tiene un potentísimo prólogo, un sueño que induce al espectador a crear unas expectativas que luego no se cumplen: no hay incisión ni tantas sutilidades; simplemente, buen hacer y verosimilitud. El inicio es un espejismo, pero lo que viene es notable drama político con un loable guión y una puesta en escena notable (con cotas altas como el accidente de coche).

El ejercicio del poder goza de un excelente reparto encabezado por las brillantes interpretaciones de Olivier Gourmet y Michel Blanc, la cara y la cruz de la vocación política. La introspección del protagonista es lo más interesante de un retrato poliédrico del mundo de la política destinado a complacer al espectador medio ante tanto descrédito de las instituciones. Muy necesaria en estos tiempos. 

Lo mejor: Olivier Gourmet y la escena inicial

Lo peor: Se repite más de lo que debería

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Amor sobre ruedas

El cine español necesita películas que triunfen en taquilla, como todas las cinematografías mundiales. El problema de nuestro cine son los elevados prejuicios de su propio público. En pleno 2013 aún hay que escuchar aquellas dos máximas: "Pero si no parece española" y "Si es española, no la veo". Eso sí, las victorias de Rafa Nadal, Fernando Alonso o el Mundial de Fútbol se celebra como si se acabara el mundo mañana.

Combustión va en ese saco. Una película que mira descaradamente a la taquilla, aunque sería mejor que las historias fueran mucho más potentes y la calidad general respirara más talento y arte. Es decir, este título no es, ni mucho menos, el más indicado para celebrar que la producción cinematográfica del país es buena. Calparsoro se sumerge en el mundo de las carreras de coches ilegales mediante un triángulo amoroso que resulta muy tópico y con un desenlace previsible.

Venciendo estos obstáculos (y la mala pinta que tiene con su tráiler), Combustión funciona como un óptimo entretenimiento gracias a sus buenas escenas de acción, una selección musical excelente y un reparto sólido. Su gran problema es el flojísimo guión que sustenta la historia: personajes mal trazados, situaciones inverosímiles y un desarrollo simple y típico. La historia atrapa, sí, pero no gracias a la (nula) ingeniosidad del guión, sino por el buen hacer de Daniel Calparsoro con la cámara, capaz de lo mejor con la acción.

El director deambula entre el romanticismo del díptico 3 metros sobre el cielo/Tengo ganas de ti (otro guilty pleasure español, aunque Combustión tiene un acabado superior), el desenfrendo de la saga A todo gas y la fotografía y la música de Drive. Está lejos de la excelente película de Nicolas Winding Refn, pero se nota el intento de emular su estética. Del reparto sobresalen Adriana Ugarte y Alberto Ammann (posiblemente, en su mejor interpretación) y Álex González está correcto (mejor disfrutarlo en Alacrán enamorado).

El cine español necesita un gran título un triunfo en taquilla tras los flojos datos de los últimos estrenos. Sería mejor que fuera un producto mucho más redondo y con un guión que no resultara vergonzoso en algunos pasajes. De todos modos, es un aceptable entretenimiento que poco tiene que envidiar a productos hollywoodienses que algunos tanto alaban. 

Lo mejor: La selección musical

Lo peor: El guión

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