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SEFF 2017: La brutalidad danesa arremete contra las sensaciones checas

Winter Brothers, una de las grandes películas del festival

La Sección Oficial continúa arremetiendo contra el resto de la programación, sin importar los contrastes entre una producción u otra. El nivel en todos los casos es altísimo, un riesgo intentar hacer una quiniela con este panorama.

La mañana del jueves despierta, y yo, con la ignorancia a mi lado, entro en el pase de prensa sin saber la jornada orgásmica que me espera (en el sentido más fílmico que pueda existir; limpien sus mentes, por favor). Estoy a segundos de permitir que en mis retinas se plasmen las imágenes de una Little Crusader (Krizácek), película checa del cineasta Václav Kadrnka (Eighty Letters). Su planteamiento, de los más sencillos: un padre, que dejó años atrás la vida de caballero, sale a la búsqueda de Janik, su hijo desaparecido. Con un ritmo pausado, la atmósfera nos adentra en una poética subyugada por los planos secuencias. Una onírica que pone el peligro al conjunto por su hermetismo. Dolerá, pero más de uno recibirá al Dios Morfeo. Los demás, los supervivientes, tendrán que vérselas ante unas composiciones para enmarcarlas en las paredes de nuestras casas, además de los divertimentos con los que Kadrnka parece vacilarnos al inundar el metraje de metáforas y falsos dobles, de todas las edades, del pequeño Janik. Y es algo que puedo correlacionar, cuando, a estas alturas del festival, hasta los desconocidos se vuelven en rostros reconocibles. Cuando los camaradas de sala se vuelven en compañeros de interminables debates sobre esto y aquello de una película u otra. Los eternos debates e intercambios de opiniones avivan las horas muertas entre un pase u otro (que si no, a unas malas, tenemos una ciudad entera de la que disfrutar. Eso sí, a ver quién es el listo que se marcha y vuelve…).

Con la vista más descansada, mi cabeza se mete de lleno en el nervio de la danesa Winter Brothers (Vinterbrødre) de Hlynur Palmason. En ella, en la historia de dos hermanos enfrentados, Elliot Crosset Hove encandila, interpretando a uno de estos personajes protagonistas, con una humanidad rota, inundada de oscuridad. Inmediatamente, el artificio de crear alcohol del tóxico, de la nada, y esos aires de criatura violenta y perdida, se asemejan velozmente a los rasgos de Freddie Quell (Joaquín Phoenix en The Master). El desquicie contagia la rutina de los personajes, sacada a la luz en parajes blancos de una pureza falsa, con los que se mezclan. Es una alegría ver también en el elenco a Lars Mikkelsen, quien se come la escena, el guión, a sus compañeros y lo que le de la gana, cada vez que aparece. Winter Brothers es el claro ejemplo de ópera prima con garra (de repente se me viene a la cabeza esa maravilla que es Kontroll de Nimród Antal), con la sazón de la sexualidad, la intimidad y una hermandad tan brutal como la de Caín y Abel. Ambas cintas, pruebas del enorme nivel que hay dentro de la Sección Oficial, se ganan un hueco en el corazón, convirtiéndose en las películas favoritas que veré durante todo el festival.

Paco Ruiz Domínguez.

 

 

 

Enviado por: Alain Garrido el 15/11/2017
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