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SEFF 2017: Cuando las nuevas olas no tienen nada que envidiar a la serenidad de un mar lejano

El mar nos mira de lejos

La  actual edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla abraza ese poso intelectual que hace al festival tan único. De aquí y allá, las distintas lenguas se aglutinan en una propia: el cine.

Uno llega a la ciudad sevillana con la puesta a punto, con ganas de cine, con ganas de humanidad y de recuperar los días de ausencia. Es pisar su suelo y brotan los rostros conocidos, de esos que salen a tutiplén en las pantallas, y también de esos otros, más cercanos, sacados de las calles, de ediciones pasadas o de historias personales, propias, que a medida que pasan los años se asemejan más a cuentos que a verdades. Hay de todo, desde un soplo alcancero (aún con la resaca de las cuadragésima novena edición) hasta el huracán de entusiasmo al encontrarme compañeros de estudios que presentan sus largometrajes en las distintas secciones del festival. Este sitio no da más que alegrías para el cuerpo.

Porque el Festival de Sevilla de Cine Europeo, en su catorceava edición, se ha convertido en una maquinaria imparable. Un toro de la categoría más alta dentro de los festivales de cine. No es ya por el famoseo que acapara (ay, ese Oro, lo que trae consigo), sino por las actividades. Y los seminarios. Y las ruedas de prensa. Y las películas. ¡Y hasta cócteles y cafés con los cineastas! No se detiene, no se descansa. Aún no has salido de una cuando tienes el pie en otra. Menos mal que ahí está todo ese grandilocuente equipo de profesional, que se olvida hasta de respirar, si es necesario, con tal de sacar esta empresa titánica adelante.

Yo, que soy muy costumbrista en estas cosas, corro del café a los cines, a empezar mi propia jornada como buenamente puedo. Critíquenme por ello, si quieren; no sabría hacerlo tan bien como esa Autocrítica de un perro burgués, la cual, según las palabras de su director, Julien Radlmaier, quien no tardó en bromear sobre la correlación entre su perro y nuestro Un perro Andaluz. Sin saberlo, este es el comienzo de una sorprendente vertiente y crítica política que parece subyugar, hasta cierto punto, la programación del festival. Crítica, cínica, cuantos más minutos pasan, más loco se vuelve todo. Hay mucha afabilidad dentro de un esperpento en el que se entremezcla el metacine (con el propio Julien haciendo de las suyas, a modo de protagonista) y todo lo demás. Mientras escribo estas líneas no dejo de pensar en Fábrica de nada, dos películas tan complejas y distintas, que en ocasiones se dan la mano sin darse cuenta. Los galgos también pueden hacer cine, y del bueno. Mediante composiciones sencillas, a la par que efectivas, el cineasta se delimita junto a un compendio (des)equilibrado de arquetipos alemanes que son testeados dentro de los metros cuadrados en los que se sitúa una granja ficticia en la que cultivan manzanas.  

A continuación me toca tirar de lo nuestro, de El mar nos mira de lejos de Manuel Muñoz Rivas. Y no nos quita el ojo en ningún momento. Menos, nosotros a ella (o a él, pero no entremos en qué género incluir Mar). Cómo sobrevivieron a su mirada, tanto Rivas como Mauro Herce (Dead Slow Ahead) es un misterio. Ambos cineastas unen fuerzas para transfigurar un espacio en un ejercicio poético en el que dos tonos chocan en un tira y afloja muy peculiar. Ficción y realidad, contenido y superficial. La historia oculta de un lugar y el desconocimiento e ignorancia de sus moradores presentes, rellenan el atolondramiento de unas hipnóticas imágenes de los paisajes (de verdad, Herce hace maravillas sabiendo qué y cómo encuadrar lo que le venga en gana). La lástima, que la película se ahogue tanto, no en el (la) mar, sino en plena tierra, sin necesidad de ser enterrada. Maneras saladas de acabar una jornada tan apetitosa.

Paco Ruiz Domínguez.

Enviado por: Alain Garrido el 10/11/2017
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