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SEFF 2017: La vertiente más crítica y social del festival sale a flote

A fábrica de nada lo tiene todo, de principio a fin.

La Sección Oficial y Las Nuevas Olas, dan la cara con sus obras más ricas, cimentadas sobre un cántico (casi literal) en forma de protesta.

¿Qué proporciona vida a un Festival de Cine? Más allá de su programación. Supongo que ha de ser el carácter humano, el encuentro entre profesionales, amantes y casuales. De esos que acaban en una sala sin saber muy bien con qué se van a encontrar, el factor sorpresa, el descubrimiento como panacea. Eso es lo que vivo yo, en cierta medida, el miércoles, cuando pretendo ir a ver Winter Brothers y cae sobre mí el peso de un “No quedan entradas”. Para que luego digan que el cine europeo no tiene audiencia. En cualquier caso, apuesto por lo patrio, sólo para recibir un K.O. de campeonato que tardo en asimilar.

Niñato, de Adrián Orr, no es la más ingeniosa de las propuestas; en sus nimios setenta y dos minutos no cuenta nada nuevo, ni en lo humano ni en lo cinematográfico. Su potencial reside en un continuo contraste entre el mundanal ruido y los sonoros silencios. No es para menos en la vida de Niñato (hallo en mí sentimientos encontrados al ver que el film y el personaje comparten el nombre), un tipo que parece anclado en su rutina, con tres hijos y una pasión por el rap que parece un lastre en su existencia, más que una motivación. La que le mantiene por el sendero de la autodestrucción. En ese caso, la escenografía es una maravilla, transformando el hogar en lo que podría ser un escenario sobre el que hay que actuar siempre (como la vida misma, oigan). Mucha suciedad en un drama que hace de lo cotidiano y concreto, lo universal. Más íntimo y brusco que otras piezas del mismo calibre crítico, como podría ser Techo y Comida (Juan Miguel del Castillo, 2015). Como ocurriera en esa película, el mayor de los milagros se halla en el pequeño de la familia, una joven promesa del cine que no actúa sino que vive dentro del plano. Una línea de ida y vuelta, del padre hacia el hijo, y viceversa, que se vuelve en un ciclo sin fin entre los conflictos generacionales y familiares de los personajes.

Mientras todo ocurre en las cuatro paredes de una familia cualesquiera, en el país vecino, Portugal, una revolución acontece dentro de A fábrica de nada. Es la fábrica de Pedro Pinho, quien arriesga y gana, de una manera monumental. También podría ser la fábrica de Miguel Gomes (Aquele querido mes de agosto) o de cualquier otro hacedor de radiografías de una sociedad lastimera. Aunque haya veces que no sabría decir si es la de allí, la de aquí, o la de todos. Una mentira con mucha verdad, o algo de real con ficciones por doquier, en la historia de unos empleados que sorprenden a la administración robando material de la fábrica en la que desempeñan su día a día. Enfrentándose a un despido multitudinario, se empieza a formar el torbellino de lo imprevisible para mantener despierto al espectador en su excesivo metraje (177 minutazos, que se dice pronto), sólo hay que ver ese musical que ya quisieran los de La La Land. Este es un film en el que la personalidad arropa a la imperfección, demandando un mínimo de atención que termina por verse recompensado.

Uno después de esto, casi se levanta de la butaca con las piernas dormidas, pero la cabeza humeante. Dos películas que valen casi por un centenar. 

Paco Ruiz Domínguez.

Enviado por: Alain Garrido el 14/11/2017
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